Del agua existente en la tierra sólo una mínima parte está disponible para su uso por el hombre. La distribución irregular del agua por áreas hace que muchos países dispongan de un recurso insuficiente cuya disponibilidad está sujeta a ciclos, presentándose periódicamente sequías que provocan graves crisis de abastecimiento.
Además, el abastecimiento de agua y el saneamiento requieren inversiones costosas que no pueden asumir los países pobres. La falta de saneamiento adecuado hace que se contaminen las fuentes de agua potable, lo que facilita la propagación de enfermedades que producen altas tasas de mortalidad, especialmente infantil.
Por ello, las Naciones Unidas fijaron, entre los Objetivos del Milenio, reducir a la mitad el número de personas sin acceso sostenible al agua potable y al saneamiento para el año 2015. Para ello se requiere la cooperación internacional en la que España participa a través de la Secretaría de Estado de Cooperación.
Hasta el 2002, año en que el Pacto sobre los Derechos Económicos, Sociales y Culturales adoptó el Comentario General sobre el Derecho al Agua, el agua no fue reconocida como un derecho humano fundamental.
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Más de 1.000 millones de personas, el 18% de la población mundial, carecen de acceso a servicios mejorados de abastecimiento de agua, y unos 2.400 millones de habitantes, el 40%, no disponen de un sistema de saneamiento.
La falta de estos sistemas provoca la muerte de 3,8 millones de personas cada año por enfermedades como diarrea, la malaria o la hepatitis, más que todas las provocadas por las guerras que se han producido desde el final de la 2ª Guerra Mundial.
Mientras tanto en EEUU y Europa nos gastamos más de 13 billones de euros en alimentos para mascotas y en Europa más de 81 billones en bebidas alcohólicas, 10 veces la cantidad requerida para asegurar el agua, el saneamiento y la higiene para todos.