Territorio

El territorio es un bien en sí mismo, no renovable, complejo y frágil, compuesto por múltiples elementos naturales y culturales y por sus interrelaciones, y constituye el soporte de las actividades humanas. La transformación de los usos del suelo por la acción humana, a través de la urbanización, la construcción de infraestructuras, la agricultura, selvicultura, minería, etc. modifica los procesos ecológicos, así como el patrimonio natural, cultural y paisajístico del territorio.
Procesos como la expansión urbana descontrolada, que ha tenido lugar en nuestro país y en gran parte del resto de Europa en las últimas décadas, principalmente en las regiones costeras o la intensificación de la agricultura, suponen transformaciones del territorio y una explotación intensiva de los recursos naturales que en su mayoría tienen efectos irreversibles. Dichas actividades generan impactos tales como pérdida de biodiversidad, fragmentación de hábitats, erosión y desertificación, escasez de agua, etc.
 
Un ejemplo lo constituye la transformación del modelo urbanístico de ocupación vertical a horizontal que ha tenido lugar en España imitando el modelo anglosajón de ciudad dispersa frente al modelo de ciudad compacta mediterránea. Esta transformación ha provocado mayores impactos sobre el territorio, por la extensión de los sistemas urbanos, especialmente los difusos, dado que este modelo de urbanización implica mayores consumos de agua y mayores emisiones de gases de efecto invernadero. Además la ciudad dispersa requiere frente a la ciudad compacta tradicional una mayor intensidad de infraestructuras en relación a la densidad, lo que unido al aumento de la distancia fomenta modalidades de transporte por carretera, con especial incidencia del vehículo privado, que tienen impactos también en la calidad del aire (OSE, 2007).
 
En España las zonas costeras sufren especialmente la amenaza de insostenibilidad debida a la presión urbanística, por las implicaciones negativas en cuanto al aumento de demanda de infraestructuras de transporte, hoteleras, de servicios, que además tiene un marcado carácter estacional (especialmente en épocas estivales); y a la intensificación agrícola por la transformación de secano a regadío en zonas que tradicionalmente han sufrido escasez de agua. Las zonas costeras, por sus características singulares, necesitan además de una gestión propia.
 
Resulta esencial una correcta planificación territorial y urbanística, informada y consensuada entre los diferentes agentes sociales implicados en el territorio, ya que los cambios de ocupación del suelo son el referente espacial del modelo de desarrollo de una sociedad, en un lugar determinado y en un momento histórico concreto.

Fuente
: Sostenibilidad en España 2009: Atlas de Sostenibilidad. OSE (2009). Editorial Mundiprensa.

 

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